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Imprimir la familia

Sobre Imprenteros, la obra de Lorena Vega y Hnos. que se estrenó en 2018 y está en cartel en mayo y junio en el Teatro Picadero.


La obra, que también tuvo su libro y su muestra, nació por el deseo de tres hermanos de volver a entrar a la imprenta de su padre donde trabajó toda la vida, tras la imposibilidad de hacerlo porque los otros hijos del padre apenas éste falleció, cambiaron la cerradura del lugar y pusieron un candado. La necesidad de encontrarse nuevamente entre esas máquinas, los llevó a hacer de su vida una obra.

Foto de César Capasso


Lorena Vega, hija del trabajador gráfico dueño de la imprenta y actriz, poco tiempo después que esto ocurrió empieza a hilar los relatos y recuerdos sueltos y entiende con un trazo que la historia es un biodrama a construir.


El término biodrama en teatro surge de la mano de Vivi Tellas, como el nombre de un interés por explorar (y valorizar) la vida de las personas desde el teatro, y se consolidó como un productivo proyecto biográfico-documental que ha tenido distintas expresiones. (Fragmento extraído de la introducción al libro Biodrama: Proyecto Archivos, de Vivi Tellas).


Mientras Lorena diseña la intención de llevar su historia al teatro, Vivi Tellas abre un taller de biodrama y allí se consolida Imprenteros. Se estrena bajo el impulso y curaduría de Maruja Bustamante en el ciclo Proyecto Familia, en el Centro Cultural Rojas en 2018, y desde ese momento siguió con funciones solo interrumpidas por la pandemia.


De la obra participan también Sergio Vega (hermano de la actriz, y trabajador gráfico), y Federico Vega (hermano de la actriz, y contador). Ambos han trabajado en la industria gráfica.



Fotos de Imprenteros


En esta conferencia, invocación, o rito al que Lorena nos invita a participar para contarnos entre fotografías y documentos audiovisuales espectaculares cómo fue la crianza de estos tres hijos de obreros en Lomas del Mirador entre los 70 y los 90; nos hacen parte de la historia y nos piden que los miremos recordar las particularidades de ese padre que entre cigarrillos y trabajos entregados fuera de término construyó su propia obra, su propia vida, su legado.


Lo personal se entrecruza con una realidad política y social argentina, conurbana, en la que quienes compartimos esos patrones de raíz nos identificaremos al instante sea nuestro padre un almacenero, zapatero, vendedor de libros o carpintero.


Los olores y las texturas de esa imprenta, a la que los hermanos Vega no pudieron volver a entrar pero insisten en mantener viva, se ocupan de invadir en este imaginario colectivo que construyen de a poco mientras nos cargan de detalles el recorrido: el humo, la tinta, los papeles por todos lados, la mugre, la verdad de una clase que se levanta puteando pero con ganas, con alegría después de todo. Y oficio. Y familia.


El vínculo tácito y presente entre la imprenta y Lorena confluye en su cumpleaños de quince, fiesta para la cual las máquinas del padre imprimen la invitación, y nosotros espectadores podemos llevarnos para siempre en el programa de la entrada, fiesta de la que también nos hace parte con una filmación de la época proyectada en la pantalla.


La obra invoca, además de al padre y su lugar, el humor del trabajo. Los códigos, los chistes, la ironía y los movimientos. Los sonidos. Nos conducen a presenciar este acto mágico que trasciende los límites mundanos de candados y espacios físicos, y toman nuestra fuerza observadora para ayudarse a recrear por un ratito más esa infancia de ruido de máquinas y chorros de tinta.


Además de una maravillosa propuesta teatral, escénica, es una hermosa invitación para que se animen a ir al teatro quienes no lo hacen muy seguido. Una obra de gente que trabaja para gente que trabaja, sobre el trabajo y la gente. Y el amor que se filtra entre todo eso.


Siempre me gustó pensar que el propósito de la actuación es más ritual que dramático, más del orden de lo espiritual y menos del orden de los guiones y las tragedias. En esta obra algo pasa, porque todos viajamos a la gráfica, y ellos lo hacen sin dudas. En un acto final de los más conmovedores imitan los movimientos que el padre hacía mientras ponen un pliego de papel invisible, lo voltean, lo ingresan a la máquina que imprime, lo sacan y lo repiten. Lo imitan en el silencio divino de un teatro y con los sonidos de una imprenta viva sonando de fondo.


¿Quién hubiera imaginado, después de todo, que para imprimir la familia hacía falta una danza entre hermanos y un teatro?


Quién hubiera imaginado, que para atravesar un candado solo hacía falta imaginarse bailando adentro.


* * *


La ven en el Teatro Picadero Viernes 17 y 31 de mayo, y 14 de junio a las 20:00.

No se la pierdan. Y vayan en familia.




El libro, no lo leí aún, es de Ediciones Documenta y lo pueden conseguir en las mejores librerías del país o en la tienda online de la editorial.



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Notas consultadas para la reseña:


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