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Las cautivas: No morir mirando hacia atrás

  • hace 4 días
  • 5 Min. de lectura

por Cecilia Perna




Es la desgracia de Orfeo: su ansiedad. Él, que podía calmar a las bestias con su música; él, que como en el arcano 11 del Tarot, dominaba la ferocidad de los leones a fuerza de oposición y paciencia. Orfeo, el poeta, el músico, el de la palabra sonora encarnada; Orfeo el performer inifnito, cuya cabeza sin cuerpo siguió cantando por la eternidad. A él, a Orfeo, la ansiedad le mató el amor. No tenías que mirar para atrás, Orfeo, hasta que Eurídice saliera por completo de la sombra del infierno. Era un segundo, un segundo. Y no aguantaste, y se te esfumó para siempre.

*

Pero no estamos acá para hablar de Orfeo, ¿cierto? Queremos hablar de otro mito, que nos atraviesa hasta la médula. Uno más local, más moderno, más cercano. El mito de las cautivas. Un mito que, como espejo, se duplicó en los mundos inconexos del norte y el sur de América: en el siglo XIX, los malones arrasaban los poblados de los colonizadores europeos y se llevaban consigo, no sólo las joyas y los animales, sino también a las mujeres blancas. Las cautivas, de un lado o de otro del continente, rubias o coloradas, con su piel achicharrada por el sol y los ojos cristalinos, transformados por la intemperie, esas mujeres que sobreviven del otro lado de la línea de la civilización. El mito lo hizo masivo Hollywood, con las películas de cowboys, pero en estas pampas tuvimos cautivas desde el momento cero: María, la del poema de Echeverría; la mujer desnuda pero envuelta pudorosamente en una sábana, en la pintura La vuelta del Malón, de Ángel della Valle; luego la cautiva que bebe sangre de oveja, en el cuento de Borges; Ema, la cautiva novelada de Aira… y la última de esta cadena: Celine, la novia arrebatada por el malón en el altar de bodas, que nos presenta Mariano Tenconi Blanco en su obra Las cautivas, que está haciendo sus últimas funciones en el Metropolitan.



Las cautivas es una obra delicada, alusiva y delusiva al mismo tiempo, construida en ese mundo de fantasmas que solo puede entregar el escenario o la literatura. Ideal para quienes amamos escuchar texto, Las cautivas encarna la escena en tres cuerpos: el de Laura Paredes, la novia arrebatada por el malón, el de Lorena Vega, la heroína india, el de Ian Shifres, el músico órfico que acompaña sin palabras, pero en ritmado contrapunto.


En los términos de la heroína india, la novia es “la elegida”, y ella es “la mensajera”; en los términos de la novia secuestrada, ella es Celine y la heroína es Atala. El encuentro de ambas está corrido de código, como todo encuentro amoroso que se precie. Ese corrimiento lo escuchamos sutilmente en la construcción del texto: la rima hiper clásica y satírica, más de una vez forzada, en la boca europea; la rima interna, perdida, agazapada en una musicalidad casi prosaica en el texto de la india. Un juego constante de traducciones. Y monólogos, siempre monólogos. Dos cuerpos que se cruzan en las transiciones, pero no llegan (casi) nunca a encontrarse. Hay entre ellas una fisura, una grieta, una barra, una frontera. Los cuerpos, en su monólogo, cuentan una historia superpoblada de imágenes. Todas se vuelven visibles para quienes escuchamos a través de sus voces: la voz aguda y sinusoidal que da Paredes a la novia, la voz profunda y rastreadora que Vega le regala a su personaje. Sus cuerpos danzan, caminan, trepan, huyen, gozan, cabalgan. Matan. Sus cuerpos se enamoran. Se tocan justo ahí, en la frontera, en el espacio de lo imposible. Cautivas, ambas, de su propio lado del mundo, solo pueden encontrarse, asintóticas, en el infinito.

*

El amor que trasciende la muerte es un tópico que atraviesa la historia. Volvamos un segundo a Orfeo. Por la boca de Fedro, en El Banquete, Platón critica a Orfeo por no haber tenido el coraje de morir por Eurídice. Lo critica por haber elegido bajar vivo a los infiernos y, viva, rescatar a su amada. Su falta de coraje al esquivar la muerte en lugar de enfrentarla, es lo que lo hace merecedor del castigo de perder el cuerpo de su amor. Por el contrario, elogia a Alcestis, que se ofrece a morir en el lugar de su esposo. Heracles la salva de Tánatos y, finalmente, la pareja continúa su amor viviente, en sus cuerpos encarnados. A pesar de que Fedro oponga las historias, lo que ambas tienen en común es algo muy muy griego: el aprecio por la vida en la carne. La idea de que el amor solo puede vivirse si se encarna en los cuerpos vivos, enfrentar la muerte, nos hace merecedores de vivir. Esa es, de hecho, la idea más viva del teatro. Todo lo que vive está encarnado en un cuerpo vivo que no para de mirar su propia muerte de frente.


No voy a contar el final de Las cautivas, quien pueda vaya a verla. Quien ya la vio, lo sabe. ¿Por qué la obra tiene un título en plural? ¿Cautivas de qué, en dónde, viven las cautivas? Es la última línea de la mensajera la que da la pauta: levantarse de la butaca es como haberse devorado un cuerpo… o dos. Una acción bárbara, un canibalismo simbólico, la escena, un alimento para seguir viviendo.



Todas las fotografías pertenecen a Carlos Furman y Las cautivas



FICHA TÉCNICA:


Dramaturgia: Mariano Tenconi Blanco

Actúan: Laura Paredes, Lorena Vega

Iluminación: Matías Sendón

Diseño de vestuario: Magda Banach

Diseño de escenografía: Rodrigo González Garillo

Músico En Escena: Ian Shifres

Música original: Ian Shifres

Fotografía: Carlos Furman

Asistencia De Producción: Loli Crivocapich, Florentina Messina

Asistencia de dirección: Pablo Cusenza

Producción: Carolina Castro

Coordinación de producción: Daniela Cristóbal

Coreografía: Jazmín Titiunik

Dirección: Mariano Tenconi Blanco




por María Cecilia Perna  (@cecilit.escribe)


Es poeta, traductora y performer. Trabaja como profesora-investigadora en la Universidad Nacional Arturo Jauretche y da talleres de escritura creativa en forma privada. Publicó los libros de poesía La Boca de Mercurio (Siesta, 2003), Libro Chino (Gog y Magog, 2009) Vísperas (Zorra Poesía, 2009), Otra Víspera (Buenos Aires Poetry, 2016), Australia (El ojo del Mármol, 2017), Monroe (Tanta Ceniza editora, 2019) y Lindero del Bosque (Ñacurutú editora. 2024). Sus poemas formaron parte de diversas antologías, entre ellas la Antología Federal de poesía. Provincia de Buenos Aires (CFI, 2017), Última poesía argentina (En danza, 2008) y Trilogía poética de las mujeres en Hispanoamérica (México, La cuadrilla de la Langosta, 2003). Seleccionó, tradujo e ilustró la breve antología de poesía de Emily Dickinson Pequeños Pies (Loca Mala, 2021) y el libro Ariel de Sylvia Plath, en una edición ampliada (Biquini Ninja, 2023). Tradujo la obra 45’ para un orador de John Cage, para la puesta dirigida por Andrea Chacón Álvarez y estrenada en el Centro Nacional de la música en 2015. Este año saldrá su primera novela Al Sol por Editorial Caburé y el libro de ensayos sobre cine clásico argentino, Cinco amores de película por Hasta Trilce Ediciones. Su libro de poemas Lugar de Agua, que en 2023 obtuvo el tercer puesto del Concurso Nacional Storni, será publicado próximamente en la editorial chilena Falso Azufre.

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