Cara o cruz: De amistad, destino y azar
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por Paula Santarsieri
Cara o cruz, de Jean Pierre Martínez. Dirigida por Fernando Ramos. Con Claudio Messina y Mariano Noguera (actuación), y Juan Diego Camoretti Tissera (música).

“¿Tenemos margen de maniobra para cambiar el rumbo de nuestras vidas entre un destino que nos arrastra como una corriente marina y el azar que nos desconcierta como un viento caprichoso?” se pregunta Antonio (Mariano Noguera) luego de enterarse del motivo por el cual Vicente (Claudio Messina), un antiguo amigo, lo cita en un teatro abandonado. Antonio, entre la angustia y la ira, no encuentra respuestas, pero nos invita -a través de ese nosotros tácito- a tratar de esbozar una.
El destino -esa fuerza inevitable que dirige los eventos hacia un fin- y el azar -lo impredecible, lo caótico, lo que ocurre sin una intención o patrón aparente- atraviesan las historias de estos dos personajes que supieron ser muy unidos. Luego de doce años de silencio, se reencuentran y afloran los motivos que los condujeron al alejamiento. En esa serie de razones, aparecen los egos, la suerte y una mujer. Pero cabe señalar que, de estas tres causas, es la suerte la que activa a las restantes.
“Ese día la suerte estuvo de mi lado” afirma Antonio, al recordar el momento en el que ¿el azar?/ ¿el destino? lo favoreció. Él y Vicente se valían de una moneda para determinar a quién le tocaría hacer de actor –y besar a la actriz– y a quién de productor en la falsa compañía teatral que habían montado en la adolescencia para conquistar chicas. Esa tarde, le tocó ser el actor y, por lo tanto, besó a Clara que había ido a probarse para un supuesto papel. Clara, con el tiempo, se convirtió en su esposa y luego en su ex. Vicente, por su parte, se quedó sin la chica, pero ganó, de alguna manera, mayor suerte. Él, a diferencia de Antonio, sí logró éxito en la actuación y un mejor pasar económico.
Vicente, con la suerte todavía de su lado, le confiesa a Antonio que lo ha citado para contarle en persona la noticia de su próximo casamiento con Clara. Antonio –quien aún la ama– se hunde en la pregunta del inicio y en otras que, al igual que la primera, carecen de respuestas: “¿Qué hubiese pasado si la moneda caía del otro lado?” “¿Habría cambiado la vida de los tres?” “¿Existe el libre albedrío o es una ilusión?”…
Hasta acá esta reseña pareciera dar cuenta de un drama de tintes filosóficos, pero esta obra es concebida por su autor, el dramaturgo francés Jean Pierre Martínez, como una comedia. Entre los intersticios de la amistad perdida, entre los sucesivos reproches y las reflexiones sobre el devenir de la vida, el humor se apersona. Se cuela en diálogos hilarantes que abordan desde un supuesto tumor cerebral –sí, aunque suene poco cómico-, pasando por el amor exaltado de Vicente por su gato –y el doble sentido con el que juega Antonio- hasta los motivos por los cuales no asistir a funerales ni visitar enfermos. También se manifiesta en las caracterizaciones logradas de Noguera y Messina, quienes, con sus tonos de voz y gestualidad, conducen a la risa; y en las intervenciones de Juan Diego Camoretti Tissera que, a través de música incidental, acentúa la comicidad de algunas escenas. A estos elementos, se suma la ruptura de la cuarta pared. El público -interpelado directamente en varias ocasiones- se convierte en una suerte de personaje y en un testigo silencioso tanto del reencuentro como de los verdaderos sentimientos y miserias de los protagonistas.
El final de la obra remarca su carácter de comedia ya que Vicente no solo le cuenta a Antonio que va casarse con Clara, sino que también le propone lo impensado: sumarse a un proyecto laboral que los involucra a los tres y al viejo teatro en donde se dieron cita. En ese final, cómico y, al mismo tiempo emotivo, hay lugar para casi todo: la reconciliación entre ambos, el resurgimiento de los deseos de la juventud, la reflexión sobre la libertad sexual, la posibilidad de un embarazo y la chance de un cambio de suerte -¡por fin!- para Antonio.
Esta puesta pensada por Fernando Ramos se tiñe de color local y suma, como se indicó previamente, la presencia de un pianista en vivo con el que, por momentos, interactúan los personajes. Su música, de repertorio personal y de su banda La ciega Divina, no solo refuerza la comicidad, sino también los momentos reflexivos y los cargados de emotividad. La escenografía es austera y se vale tanto de la infraestructura de los lugares en los que la compañía se presenta como de la iluminación. En esta, predominan los tonos azules que bien podrían asociarse con la nostalgia por la amistad perdida.
Actualmente, la obra no se presenta en una sala fija. En los últimos meses, ha recorrido distintas instituciones y lugares recreativos del norte del Gran Buenos Aires.
FICHA TÉCNICA:
por Paula Santarsieri (@paulasantarsieri)
María Paula Santarsieri nació en San Miguel, provincia de Buenos Aires. Se formó como profesora de Castellano, Literatura y Latín en el ISP Dr. Joaquín V. González. Se especializó en Literatura Infantil y Juvenil en la Universidad Nacional de San Martín y es diplomada en Estudios de Género por la Universidad Tecnológica Nacional. Actualmente, cursa la maestría en Estudios Literarios Latinoamericanos en la Universidad Nacional de Tres de Febrero. Se desempeña como docente en colegios secundarios y en la Universidad Nacional de General Sarmiento. Le gusta la escritura literaria y ensayística. Está terminando de escribir su primer poemario.


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