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El David marrón: Cuando las estatuas dejan de ser blancas

  • Foto del escritor: Carina Victoria
    Carina Victoria
  • 21 ene
  • 4 Min. de lectura

por Carina Victoria



Una figura de más de dos metros, en medio de la sala, que pareciera ser una estatua clásica griega destruida funciona como antesala del inicio de la obra. Esta se hace esperar, y entonces comienzo a observar la escenografía: todo indica que estamos entre ruinas arqueológicas de nuestro legado occidental. Cuando la obra empieza, lo primero que hace David Gudiño —autor y único intérprete del montaje— es poner su mano sobre los genitales de la vieja estatua. Un gesto fundador para una obra expuesta, urgente y profundamente personal.


David es David en su propia propuesta, y el David “de la obra” se refleja, se refracta, en lo que supone ser la escultura del David de Miguel Ángel. Una secuencia de “Davides” que se espejean unos con otros. ¿Testimonio y ficción enfrentados o amalgamados? ¿Fragmentos de un occidente clásico añejo mezclados con restos de un sur global indígena en permanente olvido y despojo?


Fotografías de Adhemar Miranda
Fotografías de Adhemar Miranda

Estas preguntas —y muchas más— abre El David marrón, una obra dirigida por Laura Fernández, producida con el apoyo del Centro Cultural 25 de Mayo e Identidad Marrón y que el año 2023 recibió el premio Trinidad Guevara. Se trata de un monólogo ejemplar en el que agradecí, desde el primer momento, poder ver un cuerpo moreno, brillante, sudado, medio selvático, medio andino; un cuerpo con pelo largo, negro y grueso, con rasgos fuera de lo europeo —y orgullosamente homosexual— siendo protagonista de su propia historia. No está escrito por otro, no está idealizado ni romantizado por una mirada ajena: es lo que es. Se presenta a sí mismo y, de ese modo, pasa a formar parte de los relatos de esta ciudad blanqueada que se cree demasiado el cuento de ser una estatua apolínea griega. Quizás por eso la estatua yace en el suelo, destruida y desmembrada.


A través de la fábula del montaje, David —marrón, latino, negro, sudaka, cara de indio; al que confunden incluso con vietnamita pero jamás asocian con ser argentino— nos cuenta que conoce a Juan en el baño de un museo de Buenos Aires y se enamora demasiado rápido. Juan: un hombre blanco; a quien siempre creen y sonríen; a quien la policía no detiene en la calle por sospecha; a quien no le revisan la mochila en el supermercado; a quien todo le resulta más fácil. A partir de ese encuentro, David va relatando sus propias contradicciones.


El vínculo deja al descubierto un conflicto de raza y clase irresuelto desde la colonización, algo que se vuelve explícito cuando el intérprete nos conduce por la escena como si estuviéramos en una visita guiada, trayendo a colación pinturas de Juan Manuel Blanes, “el pintor de la patria”, en especial La cautiva (1880). En esta obra, los personajes y el tema remiten directamente a la dicotomía “civilización/barbarie”. Vale decirlo: La cautiva se instala como un motivo recurrente en las artes del Río de la Plata, un mito erótico que funcionó como catalizador del odio hacia los pueblos indígenas.


La cautiva — Juan Manuel Blanes (1880)
La cautiva — Juan Manuel Blanes (1880)

La representación del cuerpo blanco, frágil y desnudo —encarnado en la figura femenina— contrasta violentamente con el cacique que la observa: ella, con un rostro virginal e inmaculado; él, con un rostro pintado de forma imprecisa, sin profundidad ni cercanía con la realidad, difuso, casi incomprensible.


¿Habrán sido estos los primeros trazos de invisibilización? ¿Será por eso que no logran aceptar, relacionar o entender que, en realidad, el primer color y el primer rostro de este territorio es marrón y con rasgos que para algunos continúan siendo incómodos?


Fotografías de Adhemar Miranda
Fotografías de Adhemar Miranda

¿Qué patria fue la que nos pintaron?


De este modo, el David “de Juan”, siempre en interacción con las ruinas del David “de Miguel Ángel”, va reordenando las piezas de un rompecabezas demasiado mal armado. Por eso retira de escena aquellas que no nos corresponden, las que no cuentan nuestra historia: dejarlas fuera del relato se vuelve imperativo. Entonces, por fin, lo que queda en el centro solo es un cuerpo desnudo —radicalmente desnudo y escultóricamente marrón— con el pelo liberado al aire y un combo entre las manos, dispuesto a romper con la ficción de que “venimos de los barcos”. Porque aquí —aquí— ellos han estado siempre.


Próximas funciones: 28 de enero y 20 de febrero en Dumont 4040. Entradas aquí.


FICHA TÉCNICA:


Dramaturgia y actuación: David Gudiño / Escenografía: Norberto Laino / Realización escenográfica: Walter Lamas, Maite Corona / Vestuario: Rodrigo González Garillo / Iluminación: Matías Sendón / Fotografía: Alejandra López / Diseño gráfico: Martín Gorricho / Estilismo: Lima de Souza / Asistencia de dirección: Gabino Torlaschi / Dirección: Laura Fernández / Prensa: Prensópolis.

@eldavidmarron 



por Carina Victoria (@carina.aspillagaborquez)


Directora escénica, performer, dramaturga, DJ e investigadora chilena. Su trabajo cruza la creación escénica, la investigación y la experimentación sonora. Licenciada en Artes Escénicas (U. de Playa Ancha) y Diplomada en Dramaturgia (U. de Chile), actualmente se encuentra finalizando la Maestría en Teatro y Artes Performáticas (UNA, Buenos Aires). Es directora de la compañía Escena Trvgica y teoricacorpus

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