El retrato punzó: La nación como una obra
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por Cecilia Perna

La obra en el Museo Nacional de Bellas Artes
Sí, es cierto. Tener un Museo Nacional de Bellas Artes es tener, de este lado del océano, la posibilidad de asomarse a un par de ejemplares del canon de la pintura europea. Exponer el ojo a la luz nimbada de un Tintoretto, perderse en la sombra de un Rembrandt o en la pincelada evidente que dejó allí la verdadera mano de Rubens. Sí, podemos encontrar incluso los rayones de los pinceles de Manet y las chorreaderas de Pollock. Todo es verdad. Pero no es ni por lejos lo más importante.
Lo importante de tener un Museo Nacional de Bellas Artes es poder ver, de primera mano y desde el mismísimo comienzo, la historia local de la pintura. Para encontrar semejante tesoro, al entrar al señorial edificio de Recoleta, en lugar de seguir en línea recta a la sala principal, hay que doblar a la derecha, pasar una escalerita y dejarse interrogar. Allí, entre Sívori y Cárcova y Della Valle y López, allí, entre caballos, ombúes, soldados, gauchos pobres, indiadas y ranchos, allí, entre una aristocracia local que posa atestada de tierra, allí, rebuscando, encontraremos nuestro retrato punzó.

Es el retrato que Prilidiano Pueyrredón, recién vuelto de Europa para que su padre -que tras la asunción del segundo mandato de Rosas, cuando este asumió la suma del poder público, decidió irse del Río de la Plata- pueda morir en su tierra. Entonces, por gracia del Restaurador el pintor es convocado para que haga un retrato de su hija, Manuela.
Manuelita, que por entonces mediaba los treinta, tras la muerte de su madre, Encarnación Ezcurra, había asumido el rol de compañera de su padre para la vida pública. Una suerte de Primera Dama ad hoc. A diferencia de su madre, que se había encargado enérgicamente de la organización política de los federales, Manuelita, cumplía más bien tareas diplomáticas. Su misión era repartir carisma y servir de puente entre el gobierno y el pueblo. Se habían encariñado con ella, incluso, los corazones unitarios. Su padre apreciaba su figura mediadora. Y deseaba -necesitaba- entonces, allá por 1951, cuando se hizo el retrato, mostrar de ella una imagen pudorosa y amable. Para conciliar las partes, pero sin dejar de poner en esa imagen la marca registrada de su poderío: el colorado punzó. Por eso, creo una comisión, que incluía al futuro suegro de Manuela, para que se encargue de la puntual ejecución de ese retrato a la europea, que iba a exhibirse en un gran baile de salón, dado en su honor. Para ello es que fue convocado el pintor Prilidiano, recién vuelto de Europa con la técnica y la moda del retrato bien aprendidas. El pedido era estricto: el vestido, la pose, la sonrisa, los objetos, todo estaba previamente pensado por la comisión. Pero la regla más intransigente era esta: todo debía estar pintado con variantes del punzó. Prilidiano alcanzó a negociar un fondo verdoso (para que el rojo se destaque, como buen complementario) y el blanco de las luces. Con el resto, logró, entre el polvo de la pampa, un retrato tan exquisito como estrafalario. Como nuestra historia misma.
No es historia, sino leyenda, que Prilidiano y Manuela eran amigos de la infancia. Es historia y no leyenda que, en 1952, un año después de pintado el retrato, Rosas es derrotado en Caseros y se exilia a Inglaterra junto a su hija. El retrato -con su pose de civilizado salón europeo para civilizado baile repleto de minués, pero con su bárbara marca política de color punzó- es la última expresión de un intento fallido de cerrar la grieta cultural que atraviesa la historia argentina, como un facazo en cara que no cierra nunca.
La obra en el Teatro Nacional Cervantes
Sí, es cierto. Tener un Teatro Nacional es tener, en el corazón de Buenos Aires, un bellísimo teatro a la italiana. Esa medialuna dorada, con su acústica armoniosa y sus palcos en bombé, donde se puede asistir a obras de inmensa calidad por un precio accesible. Esos espacios que llevan el adjetivo “nacional” en sus nombres, todavía, son nuestro patrimonio. Concentrado en la ciudad de Buenos Aires, es verdad; físicamente accesible para algunos, es verdad. Pero hagamos notar que siguen funcionando. Y no es poco. Así, la obra del museo nacional, se hizo otra obra en el teatro nacional. Vamos a verla. Hacemos una cola al pie de la hermosa escalera a la izquierda del vestíbulo, subimos y accedemos a una pequeña sala, íntima y también un poco intimidante. Allí vamos a ver El retrato punzó, escrita y dirigida por Damián Dreizik.
Algo se cuece entonces: prolijamente histórico y singularmente disparatado. Una combinación que, en estas tierras, no nos extraña. Tres personajes, tres actores, tres cuerpos que agitan el espacio escénico con una energía altísima, que no baja ni durante los silencios y que recupera en los pechos de los espectadores la tensión de ese momento histórico remoto, en que el arte era convocado a conjurar las cuitas y armonizar los tironeos, antes de que la cuerda se corte.
La obra presenta un Prilidiano idealista y libre de prejuicios, que desea explorar los colores, el paisaje, la gente (quizá el Prilidiano que, de hecho, nos muestran sus posteriores paisajes de campo); una Manuela rebelde y más cercana a los gustos de la chusma esclava o liberta que a la educación propia del salón que, sin embargo, cultiva. Y un ambiguo tutor suyo, escurridizo, que nunca terminamos de entender si está del lado de la rebeldía de Manuela o del comando de Manuel. Entre ellos tres se debate la hechura del retrato, con un texto filoso y lleno de dobleces. En el centro de ese debate: la danza. La danza como otro arte que se convoca para mediar, para cerrar la grieta, para suturar la herida que atraviesa y duele, todavía hoy, el corazón de eso que llamamos “nacional”. La danza como un conjuro de los rebeldes.
El retrato punzó, al mismo tiempo, cuenta una historia, cuenta la historia y debate sobre el lugar del arte en la política, sobre el lugar de la política en el arte y sobre las formas diversas de conciliar de un arte estático, como el retrato y un arte del movimiento, como la danza, especialmente cuando es social. Las actuaciones de Fernando Gonet, Micaela Rey y Agustín Rittano son literalmente movilizantes: danzan incluso cuando actúan. En este sentido no podemos dejar de destacar el diseño coreográfico de Valeria Narvaez, que logra dar, con cada gesto danzante, unos concentrados de historia social.
Aprovechemos el teatro nacional, aprovechemos la pintura nacional, aprovechemos la historia mientras todavía exista. Vayamos a ver los dos retratos punzó. Apropiémonos de lo que es nuestro.
FICHA TÉCNICA:
Joaquín Ternejo Fernando Gonet
Manuelita Micaela Rey
Prilidiano Agustín Rittano
Diseño de coreografía Valeria Narváez
Diseño sonoro y composición musical Marcelo Katz
Diseño de iluminación Miguel Solowej
Diseño de vestuario y escenografía Cecilia Zuvialde
Asistente de escenografía y vestuario Iara Ceballos
Dirección Damián Dreizik
Asistencia de dirección TNC Toia Béhèran
Producción TNC Marlene Nordlinger
por María Cecilia Perna (@cecilit.escribe)
Es poeta, traductora y performer. Trabaja como profesora-investigadora en la Universidad Nacional Arturo Jauretche y da talleres de escritura creativa en forma privada. Publicó los libros de poesía La Boca de Mercurio (Siesta, 2003), Libro Chino (Gog y Magog, 2009) Vísperas (Zorra Poesía, 2009), Otra Víspera (Buenos Aires Poetry, 2016), Australia (El ojo del Mármol, 2017), Monroe (Tanta Ceniza editora, 2019) y Lindero del Bosque (Ñacurutú editora. 2024). Sus poemas formaron parte de diversas antologías, entre ellas la Antología Federal de poesía. Provincia de Buenos Aires (CFI, 2017), Última poesía argentina (En danza, 2008) y Trilogía poética de las mujeres en Hispanoamérica (México, La cuadrilla de la Langosta, 2003). Seleccionó, tradujo e ilustró la breve antología de poesía de Emily Dickinson Pequeños Pies (Loca Mala, 2021) y el libro Ariel de Sylvia Plath, en una edición ampliada (Biquini Ninja, 2023). Tradujo la obra 45’ para un orador de John Cage, para la puesta dirigida por Andrea Chacón Álvarez y estrenada en el Centro Nacional de la música en 2015. Este año saldrá su primera novela Al Sol por Editorial Caburé y el libro de ensayos sobre cine clásico argentino, Cinco amores de película por Hasta Trilce Ediciones. Su libro de poemas Lugar de Agua, que en 2023 obtuvo el tercer puesto del Concurso Nacional Storni, será publicado próximamente en la editorial chilena Falso Azufre.



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