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Paz: El dolor de los demás

  • hace 12 minutos
  • 3 Min. de lectura

por Vic Armada



En Ante el dolor de los demás, Susan Sontag señalaba que “ser espectador de calamidades que tienen lugar en otro país es una experiencia intrínseca de la modernidad, la ofrenda acumulativa de más de siglo y medio de actividad de esos turistas especializados y profesionales llamados periodistas. Las guerras son ahora también las vistas y sonidos de las salas de estar”. 


Casi treinta años después de la primera publicación de este ensayo, Paz reflexiona sobre una profesión que en mayor medida conocemos con prudente distancia, alimentada por relatos hollywoodenses. La pieza, escrita y dirigida por Beto Villa, explora de manera intimista las experiencias de una fotoperiodista que intenta sobrevivir tanto a una guerra lejos de su país como a sus tragedias familiares y vida amorosa. 


En registro híbrido entre lo documental y la ficción, la fotoperiodista argentina, encarnada de forma contundente por Laura Paredes, intenta esquivar bombas, superar a su ex, navegar vínculos familiares y capturar la foto que va a cambiar su vida. La dureza del verosímil nos golpea mientras nos convertimos en testigos de su memoria. La narración avanza como un archivo fragmentado, escenas breves donde lo personal y lo bélico se funden.


En este sentido, en la puesta se destaca el uso intrigante de la escenografía (casi como una instalación), consistente en un cuadrado de piedras, una pala, una silla y varias lámparas de mano que bastan para configurar múltiples espacios y habitar cada uno de los cuartos de sus recuerdos.


Las emociones se hacen táctiles, sentimos en la planta de los pies la inestabilidad del suelo, los asfixiantes escombros, la claridad de una luz que puede ser un farol o un misil. 


El propio espacio del Teatro Verdi, con una opulencia ahora debilitada, dialoga con la obra. Sus marcas de desgaste, agregan una capa más de sentido a aquello que queda después de la destrucción.


La guerra que se nos narra, cuya dirección exacta es deliberadamente imprecisa, funciona menos como un escenario concreto que como un contexto para interrogar nuestra relación con el dolor ajeno. Si ya la distancia geográfica parece atenuar la empatía, hoy en día, vemos en nuestros teléfonos imágenes infernales mientras están ocurriendo. Una guerra transformada en un espectáculo. 


Paz también se interroga por el valor de la imagen como evidencia del horror, como documento probatorio de que lo que vemos realmente sucedió. La protagonista sufre en las contradicciones, cuando el mayor sufrimiento de un otrx equivale a más prestigio. Captar ese instante espeluznante en la frontera, acceso que se gestionó ella misma, resulta en reconocimiento mundial de su trabajo. 


Mientras intenta lidiar con su nueva celebridad (múltiples ofertas de trabajo, entrevistas, premios), la aqueja el sentimiento de una imperdonable mediocridad. ¿Una fotografía que documenta atrocidades es más probatoria entre menos “artística” sea?. Aunque por más transparente que se intente ser, presenciando el dolor siempre está una persona, que toma decisiones, que encuadra y enfoca. 


Pero quizás la verdadera angustia viene de pensar que incluso las imágenes más brutales pueden diluirse en una indignación efímera. ¿Cómo es posible naturalizar lo abominable?  Paz nos invita a pensar que no solo somos espectadores de la calamidad: somos también consumidores de su representación, muchas veces con secreto desapego porque quien sufre no somos nosotrxs sino alguien en un lugar lejano. 



FICHA TÉCNICA:


Actuación: Laura Paredes

Iluminación: Jésica Montes de Oca

Sonido y Musicalización: Nicolás Gulluni

Asistencia de Dirección: Marianela Aguilar Merlino

Producción: Mónica J. Paixao

Dramaturgia y Dirección: Antonio Villa



por Victoria Armada  @vicarmada


Victoria estudió Ciencias de la Comunicación en la UBA. Se dedica a la comunicación para proyectos culturales y de activismo por los Derechos Humanos y Animales. Explora a través del collage otras formas posibles de habitar el mundo.

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