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Pundonor: Coda a Pundonor

hace 4 horas
4 min de lectura

por Cecilia Perna




Pundonor se estrenó en 2018 y sigue funcionando —sigue teniendo funciones— en 2026. Pundonor es una obra con fecha, porque su narrativa tiene marcas históricas: las modas teóricas, las nuevas tecnologías, el estado de las instituciones, los estragos de la pandemia, las variaciones en las angustias de época. Al entrar a la sala y sentarnos en las butacas, vemos el escenario transformado en el frente de un aula —lo que nos vuelve instantáneamente alumnos en sus bancos— con dos carteles: uno inmenso y escrito con tiza en el pizarrón que dice “Elecciones 2018” y otro pequeño, cerca de la puerta, “Apagar los ventiladores al salir”. Quien haya, en cualquier instancia, transitado la universidad pública, se ubica allí rápidamente. La memoria es emotiva y física. La memoria nos instala en un paisaje afectivo. 


Afectivo, digo, ahora que estamos —académicamente hablando— en ese giro teórico: el giro afectivo. Ya pasamos por el de los nuevos materialismos y definitivamente dejamos atrás el giro en el que muchos fuimos educados cuando ni siquiera existía esta moda de los giros: el giro lingüístico y, ni que hablar, el postestructuralismo. Si no saben qué es todo esto, no importa. Baste decir que Foucault estaba allí siendo la estrella de todas las bibliografías y, ahora, es más bien la vaca sagrada que ya nadie discute y que casi nadie tampoco lee, aunque se haya vuelto la pelada más visible de los memes nerds. En Pundonor, entonces, asistimos a una clase sobre Foucault. Una clase clara y puede que hasta novedosa para algunos, aunque seguro que no para esa profesora, encarnada en Andrea Garrote, que además de sostener magistralmente la tensión de un unipersonal, también hizo de la obra la dramaturgia y la dirección, esta última junto a Rafael Spregelburd, que deja sus marcas de estilo por todas partes. 



La profesora está cansada de repetir lo mismo: la clase introductoria, esquemática y cristalizada de la precariedad. Y necesita desesperadamente llamar la atención, ¿acaso no ese el deseo de todo docente? ¿llamar la atención? Lo que presenciamos es entonces el relato de una puesta en práctica. La teoría foucaultiana pasa a la acción en la propia vida de la profesora: aquello de que la ley ya no prohíbe, sino que produce deseo y formas nuevas de vida, es llevado por la profesora al paroxismo, bajo un plan disparatado. A diferencia de lo que insinuaban aquellos viejos teóricos franceses y setentistas, ese extremo no conduce a ningún punt d’honor, por el contrario, desemboca en el peor de los derrumbes. 



Y lo sabemos, entre 2018 y 2026 no ha habido más que derrumbes. De hecho, nuestra profesora no ha dejado de derrumbarse en esta obra increíble y sutilísima, que lleva 8 años en cartel. Con ella, las cosas se siguen derrumbando fuera de la ficción de la sala. De hecho, pareciera, a mayor velocidad. Llegamos a preguntarnos si, incluso en las formas ya desde siempre precarias, las universidades nacionales seguirán existiendo. Queremos creer que sí. Pero dudamos de las formas que puedan encarnar en el futuro. Dudamos hasta cuándo una mujer de tacos y trajecito sastre, escribiendo con letra horrible en un pizarrón con tiza, sacando del fondo de su inmenso bolso papelitos, lapiceras y hasta almendras sucias, va a seguir siendo un personaje que hable a nuestra contemporaneidad. Sentimos que Pundonor resiste al tiempo, resiste a estos tiempos de derrumbe. De hecho, frente a unas líneas del texto, que encajaban mejor en las primeras funciones, la profesora se da el lujo de agregar ahora: “deberíamos revisar la teoría”. Porque las cosas cambian rápido, demasiado rápido y es difícil saber de qué agarrase. Sin embargo, si la obra ha logrado mantenerse casi una década en cartel, en una de las peores décadas que se hayan visto, es porque, finalmente, sí se toca allí el punto de honor: y no en el curso práctico de la teoría foucaultiana, sino en la ternura insólita de una humanidad, la de esa mujer, que cae y, sin embargo, lo mismo te dice: “los quiero, chicos”.



Todas las fotografías pertenecen a la obra Pundonor y Sandra Cartasso.


FICHA TÉCNICA:

Escrito e interpretado por Andrea Garrote

Dirección Rafael Spregelburd & Andrea Garrote

Escenografía e iluminación Santiago Badillo

Vestuario Lara Sol Gaudini

Música original Federico Marquestó

Producción artística Carolina Stegmayer


por María Cecilia Perna  (@cecilit.escribe)


Es poeta, traductora y performer. Trabaja como profesora-investigadora en la Universidad Nacional Arturo Jauretche y da talleres de escritura creativa en forma privada. Publicó los libros de poesía La Boca de Mercurio (Siesta, 2003), Libro Chino (Gog y Magog, 2009) Vísperas (Zorra Poesía, 2009), Otra Víspera (Buenos Aires Poetry, 2016), Australia (El ojo del Mármol, 2017), Monroe (Tanta Ceniza editora, 2019) y Lindero del Bosque (Ñacurutú editora. 2024). Sus poemas formaron parte de diversas antologías, entre ellas la Antología Federal de poesía. Provincia de Buenos Aires (CFI, 2017), Última poesía argentina (En danza, 2008) y Trilogía poética de las mujeres en Hispanoamérica (México, La cuadrilla de la Langosta, 2003). Seleccionó, tradujo e ilustró la breve antología de poesía de Emily Dickinson Pequeños Pies (Loca Mala, 2021) y el libro Ariel de Sylvia Plath, en una edición ampliada (Biquini Ninja, 2023). Tradujo la obra 45’ para un orador de John Cage, para la puesta dirigida por Andrea Chacón Álvarez y estrenada en el Centro Nacional de la música en 2015. Este año saldrá su primera novela Al Sol por Editorial Caburé y el libro de ensayos sobre cine clásico argentino, Cinco amores de película por Hasta Trilce Ediciones. Su libro de poemas Lugar de Agua, que en 2023 obtuvo el tercer puesto del Concurso Nacional Storni, será publicado próximamente en la editorial chilena Falso Azufre.

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